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Amaral, ruta salvaje

domingo, septiembre 18, 2011Admin

Os dejamos con algunos fragmentos de la entrevista realizada a Amaral y publicada hoy mismo por "El país". Para leer la entrevista completa, encontraréis el link al final de la entrada.

Eva Amaral tiene 39 años y resulta tímida y huidiza cara a cara. Suele esconder las manos entre las piernas, y habla bajito y hacia adentro. No se siente cómoda en el primer plano. Una amiga suya había avisado: "Se transforma en el escenario. Se vuelve una fiera". Como si viviera atrapada entre ella misma y un álter ego que solo surgiera cuando se encienden los focos. Cuatro horas antes, en el ascensor del hotel, su voz parecía un hilo, pero empezaba a acusar, según dijo, los primeros síntomas de la extraña mutación: "Bipolaridad, comportamientos extraños...". [...]
Juan Aguirre, de 42 años, suele caminar por el lado en sombra de la calle, igual que se cubre con un gorro el cuero cabelludo, según dice, para proteger su piel evanescente de los rayos ultravioleta. En Nueva York, donde esos días celebraban el Día de la Independencia, un herpes comenzó a asomarle en la comisura de los labios. En España acababan de detener a la cúpula de la SGAE, y Aguirre aprovechaba cualquier momento para hablar del asunto, por ejemplo: "Estamos rodeados por mucha gente a la que la música se la pela. Lo único que les importa es hacer negocio". También empleó los 15 días en la ciudad para comprarse dos guitarras antiguas y un pedal compresor. "Juan no es un guitarrista al uso", suele decir Eva. Es obsesivo y perfeccionista, "como un ciborg". Cuando componen, normalmente llega el primero al local de ensayo, en bicicleta, y se va el último, de madrugada, siempre en busca de esa frase con la que apuntalar el mapa de guitarras. Según Eva, "sabe aprovechar los huecos que deja mi voz". Anda siempre como metido dentro de su cabeza y desciende a la tierra preguntando: "¿Eso quién?" o "¿qué onda?". Cuando se dirige a Eva, lo hace llamándola "Evur". Se entienden con cruzar una mirada. Antes de conocerse, él estudiaba filosofía y tocaba en una banda llamada Días de Vino y Rosas.
Cuando hablan, Eva y Juan parecen siameses: los huecos de uno los completa el otro y casi siempre concluyen su argumento con entonación abierta, por si hubiera algo que añadir. Igual que cuando tocan. Por ejemplo, el día en que se encontraron:
Juan. Sí, en un bar de Zaragoza.
Eva. Era la trastienda del bar en realidad, ¿no? Había un estudio de grabación chiquitillo. El guitarrista de mi grupo era el técnico. Mi grupo estaba grabando maquetas e invitó a Juan a grabar unas guitarras.
Juan. Para una canción o dos... Conocí allí a Eva. Y nada, nos hicimos colegas. Luego nos veíamos por ahí, salíamos por la misma zona de bares [...], pero no sabíamos que íbamos a hacer un grupo juntos.
Eva. En aquel momento no, pero yo sí quería hacer música sin conocerte. Yo ya tenía mi grupo.
Juan. Claro, claro, yo también.
Eva. Pues eso.
Cuando se conocieron, en 1992, Eva tocaba la batería en un grupo punk y cantaba en otro. Solían encontrarse a la puerta de la Escuela de Artes y Oficios, donde estudiaba ella. Fueron pareja ocho años. Hoy se incomodan si un fotógrafo les pide que se besen. Rompieron durante la grabación del segundo disco. En el restaurante comentaron si aquello hizo tambalear el grupo:
Juan. Yo creo que no, ¿no?
Eva. Hombre, fue un momento difícil, pero de nuestra relación. En ese momento ni nos planteábamos el tema del grupo. Sino el de: vamos a ver, hemos estado ocho años juntos y... nos queremos un huevo, pero...
[...] El elepé que editan a finales de septiembre, el sexto de su carrera, lo han titulado de manera gráfica: Hacia lo salvaje. "Un disco no tan pop, más rock, desesperado", dice Juan. La letra de la canción que da título al álbum comenzó a esculpirse en la cabeza de Eva a partir de un recuerdo de infancia: "Me inspiró la historia de un señor que vivía en una gruta, el ermitaño. Me fascinaba el personaje. Creo que el sueño de cualquiera es un poco eso: romper con lo establecido y vivir en absoluta libertad...". [...]
Si uno le abriera a Eva la cremallera del vestido de lentejuelas, podría ver un enorme dragón tatuado en su espalda. Una persona que la conoce desde sus primeros pasos musicales define a Eva como una "mujer leona", pero, una vez más, "solo en el escenario". En casa convive con varios gatos, animal doméstico y a la vez salvaje con el que comparte cierta bipolaridad. Su correo electrónico no lleva su nombre, sino el de un gran felino capaz de atravesar cráneos con su mordedura.

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